
Cuando los primeros rayos de luz asoman por la ventana del agroturismo Vinya d’en Palerm, inevitablemente mi ser empieza a despertar. Primero cambia la temperatura de los dedillos de los pies, después mis párpados se despegan y ya no puedo volver a cerrarlos. Un nuevo día de invierno empieza y tengo que aprovecharlo al máximo.
Tras una ducha revitalizante me pongo un calentito vestido de hada y salgo a recibir los rayos de sol más madrugadores, que cierto es que no son los que más calientan pero sí los más bellos.
La luz del amanecer en Ibiza es diferente a la de ningún otro lado y tiñe el campo, el mar, las casas, el monte, los árboles… de tonos rosáceos, morados y anaranjados. Se funde con la niebla y el rocío de cada mañana y te hace sentir afortunado de poder vivir estos momentos efímeros en el paraíso.
Así, cual muñeco de videojuego con la energía cargada a tope, me dispongo a recoger los frutos que el campo me ofrece para un delicioso desayuno. Y no puedo pedir nada más para empezar este día de Febrero en la isla de Ibiza.
Hace fresquito pero no hay viento, por lo que el sol cumple su función calentadora y con un pañuelo en la garganta hace una mañana estupenda para hacer una caminata y descubrir nuevos senderos. No tengo miedo a despistarme y perderme por los caminos, ya que como duendecilla tengo un séptimo sentido: si junto los pies y doy varios golpecitos con los talones vuelvo directamente a casa. Es una de las ventajas de ser duendecilla, sobre todo cuando voy a una fiesta de hadas que termina a las 8 de la mañana.

Me encanta caminar, ya que voy fijándome en cada detalle, en cada raíz y cada planta, en los pequeños animalitos que también empiezan su jornada, en los payeses que ya están en el campo, y en algunas flores que no han despertado aún y sus pétalos no están abiertos del todo.
Y cuando tengo estudiado cada ángulo y cada movimiento, cada color y cada forma… es entonces cuando emprendo el vuelo para verlo todo desde otra perspectiva. Es entonces cuando todo cambia, se vuelve más pequeño e insignificante, y la vista de cada detalle en conjunto… es una sensación difícil de explicar.
De una forma mágica, todo está conectado y todo cobra sentido. El vaivén del payés mientras trabaja la tierra, un conejo buscando el desayuno y las flores de los almendros se mecen al mismo compás. Y mientras, yo, sobre volando todo, cada momento y movimiento.
En estos momentos, me gusta imaginar que en vez de volar estoy nadando, y que soy una ballena gigante que me alimento de estos instantes como si de plancton se tratara. Como comprobarás mi imaginación no tiene fronteras, soy un ser mágico, ¿qué esperabas?
Así paso el resto del día: caminando, volando, soñando, contemplando, imaginando… cuando me entra hambre busco comida, y cuando estoy cansada me tumbo en la hierba a mirar las nubes.
Y así hasta que el sol se pone y vuelvo al agroturismo a descansar, y cierro los ojos recordando los momentos vividos, hasta que los primeros rayos de luz asomen de nuevo por la ventana.
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